
El sentido común es un arma de doble filo. Puede ser una buena base, pero si en la búsqueda de una explicación, es la única herramienta, entonces se transforma en necedad. Con el problema del hambre en el mundo sucede eso. La mayoría de la gente, tiene un pensamiento Malthusiano, en donde existe más gente que alimentos. Extrañamente esa idea poderosa, pero falaz, queda impregnada en la memoria y es muy difícil de extirpar sino se muestran pruebas contundentes y se realiza un esfuerzo. Algo parecido sucede con el Lamarckianismo; extrañamente la gente suele pensar la evolución en términos de caracteres adquiridos, pese a que Darwin hace 150 años derrivó esa idea con otra más potente: primero azar, luego selección. Algún día los psicólogos deberían tratar de explicar porqué hay ideas que se aferran con más fuerza que otras.
Volviendo al tema del hambre, no es la falta de alimentos lo que hunde a la gente en la carestía. El problema radica en la pésima distribución de la riqueza. En la carencia de recursos monetarios para acceder a los alimentos. En un mundo capitalista, la única opción es tener dinero. Amartya Sen, economista liberal (remarco esto último para disipar sospechas), premio Nobel, demostró como durante las hambrunas que estudió, el alimento sobraba. El problema radicaba en la falta de acceso.
Una mejora en la distribución del ingreso no sólo se logra con políticas estatales dirigidas hacia ese fin. Se necesita, para lograr una sociedad más justa, una fuerte consciencia de todos los habitantes.